Pueblos de Castilla

2016

Regional 18165/ 18161 

 

Un tren que es más que un tren, el único observador que queda de ruinas humanas. 

 

El progreso avanza y deja atrás historias de visillos, historias de familia, historias vividas entre paredes que hoy no se sustentan más que por piedras y alambres. 

 

Un día estábamos en un tren, en medio de Castilla, el sol, el girasol, la piel, el asiento, todo, todo era amarillo, y de repente, como una historia de Berlanga entre ese paraje en el que parace que no vive nada más que el aliento, aparece él. Un hombre. Un hombre que hace todo cambie, que cambie nuestra forma de ver la tierra polvorienta, que hace que sintamos que esas tres horas han valido para algo.

 

Nos sentamos a su lado y miramos, porque los artistas debemos mirar, eso es más importante que hablar.  

 

Él lucha recogiendo firmas todos los días por un tren que, en realidad no en un tren, es una forma de vivir. Nuestro protagonista nos contó una historia, una historia de amor, en la que él toma ese tren para hablar con su mujer todos los días desde hace cincuenta años. En cambio, ella lleva ya diez sin aliento para contestarle y él lucha por seguir teniendo la oportunidad de continuar contándole cómo le va la vida. 

 

Algunos lo llaman AVE, ese progreso que ya vaticinaba Paul Virilio, un innegable trayecto en el que todos y todas transitamos, un camino que reporta comodidades y también elimina los recuerdos, deja atrás a vecinas y vecinos en una Castilla despoblada, sin que suene otro sonido que el viento.

 

En otro tiempo, por cada 30 km había un pueblo, esa era la distancia máxima que podía recorrer un caballo. Una plaza en la que las risas eran cadenetas de aire, hoy son vestigios que nadie mira, solo él protege. Él, un hombre viudo cuya mujer duerme en esas ruinas, hace que todas y todos los que escuchamos, podamos ver  más allá de esas piedras.